
Salgo de nuevo de los ferrocarriles catalanes. El viaje ha sido ajetreado. Media hora de miradas discretas, difusas. Es curioso darse cuenta de lo que se esconde detrás de una mirada sincera: todo un mundo se puede descubrir. Es triste ver como la gente se esconde de las miradas furtivas. Como si intentasen cerrar bajo cerrojo una cosa muy valiosa que no se puede esconder. Detrás de cada par de ojos se oculta una historia, o quien sabe, quizás muchas. Historias complejas e irrepetibles, que a su vez incluyen muchas otras.
Un gran número de estas historias llevan detrás una canción, una melodía que se convierte en personal. Que un día una persona compuso y que da la impresión de que la hubiera hecho solo para ti. En ese momento se produce una asimilación de la música como algo propio.
Cada día hago el mismo recorrido con los ferrocarriles, y a la misma hora. En un gran número de ocasiones me encuentro con la misma gente. Me pregunto cual será la canción de cada persona a la que veo. No las conozco de nada, solo lo que sus rostros me muestran. Aunque diez años observando durante media hora diaria los mismos rostros da para ver, al menos, lo que en ellos se refleja. Disfruto observando a mis compañeros de viaje, intento meterme en sus vidas, imaginar lo que hacen, lo que sienten. Interpretar lo que me dicen sus rostros. A menudo creo que podría escribir libros enteros sobre todas estas personas.
Veo siempre a ese señor con traje y recuerdo la primera vez que lo vi. Su rostro ha envejecido, y el caro traje Massimo Dutti que lleva no esconde esa vejez. Solo hay una cosa que no ha cambiado de su rostro, sus ojos. Siguen siendo de un color marrón pálido, siempre con la misma mirada, como absorta en otro mundo, puede que en el de su trabajo. Es posible que esté tan aferrado a él que cuando sale, sigue teniéndolo en la mente. El mundo occidental ya produce ese efecto en las personas. La falta de tiempo, o al menos eso es lo que ellos creen, les provoca estrés y no les deja vivir con un ritmo mínimamente normal. ¿En qué trabajará? ¿Es quizás un ejecutivo de una importante empresa multinacional, o por el contrario es un simple secretario? No lo se, y supongo que nunca lo llegaré a saber, porque al fin y al cabo algún día desaparecerá y no lo volveré a ver en los ferrocarriles. Su nombre, al igual que el mío, pasará al olvido en una fosa común de nombres que han existido y que nunca se han llegado a mantener vivos en la memoria de nadie. Si en algo somos iguales los hombres es en la muerte, es uno de los pocos momentos en los que todos nos hacemos iguales. Pasemos los últimos días de nuestra vida en una residencia de lujo o en la calle, es indiferente...al fin y al cabo todos moriremos y nos descompondremos, dejando que el viento se nos lleve y con nosotros, nuestro mundo, nuestros recuerdos, nuestra vida.
Después de haberme distraído pensando en el señor de traje me doy cuenta de que ya estoy lejos de la parada de “Catalunya”. Desciendo tranquilamente Las Ramblas y escucho el dulce sonido de una melodía que no me es familiar y que produce en mí un sentimiento de tranquilidad. Se trata de un músico callejero, me detengo a escuchar su música, me gusta. Soy consciente de que la música es un arte, y un compositor tiene que llevarlo en lo más profundo de su alma para poder hacer que los demás sientan lo que él siente. Una gran muchedumbre camina frenéticamente alrededor de mí cual grupo de abejas en busca de polen. Este tipo de personas suelen despreciar a los músicos que trabajan aquí por el mero hecho de ser callejeros, de no ser conocidos. Afirman no disponer del tiempo suficiente para disfrutar de una bella canción. ¿En qué tipo de gente nos estamos convirtiendo si no somos capaces de escuchar? De dejar que la música fluya en nuestro interior como una nube flota por el celeste cielo. Me llena de tristeza pensar que algún día subiré a los ferrocarriles como de costumbre, y no podré imaginar qué tipo de melodías han marcado una historia en las personas a las que miro. Que se habrá perdido la sensibilidad por lo bello, y por el goce que produce disfrutar de los momentos de calma, de paz. Imaginarme que ya no habrán canciones que nos recuerden momentos muy concretos de nuestra pequeña e insignificante existencia.
Esta idea atormenta mis sentidos, mi mente, mi alma. No quiero creer que llegará el día en el que lo único que nos diferenciará será la ropa que llevemos, en vez de nuestro carácter y nuestras vivencias personales, de las melodías que llevamos en lo más profundo de nuestro ser.
Despierto en un abrir y cerrar de ojos, los pensamientos que me mantenían absorto desaparecen y me doy cuenta de que hoy, como cada día, he vuelto a pasar mi casa de largo.
Un gran número de estas historias llevan detrás una canción, una melodía que se convierte en personal. Que un día una persona compuso y que da la impresión de que la hubiera hecho solo para ti. En ese momento se produce una asimilación de la música como algo propio.
Cada día hago el mismo recorrido con los ferrocarriles, y a la misma hora. En un gran número de ocasiones me encuentro con la misma gente. Me pregunto cual será la canción de cada persona a la que veo. No las conozco de nada, solo lo que sus rostros me muestran. Aunque diez años observando durante media hora diaria los mismos rostros da para ver, al menos, lo que en ellos se refleja. Disfruto observando a mis compañeros de viaje, intento meterme en sus vidas, imaginar lo que hacen, lo que sienten. Interpretar lo que me dicen sus rostros. A menudo creo que podría escribir libros enteros sobre todas estas personas.
Veo siempre a ese señor con traje y recuerdo la primera vez que lo vi. Su rostro ha envejecido, y el caro traje Massimo Dutti que lleva no esconde esa vejez. Solo hay una cosa que no ha cambiado de su rostro, sus ojos. Siguen siendo de un color marrón pálido, siempre con la misma mirada, como absorta en otro mundo, puede que en el de su trabajo. Es posible que esté tan aferrado a él que cuando sale, sigue teniéndolo en la mente. El mundo occidental ya produce ese efecto en las personas. La falta de tiempo, o al menos eso es lo que ellos creen, les provoca estrés y no les deja vivir con un ritmo mínimamente normal. ¿En qué trabajará? ¿Es quizás un ejecutivo de una importante empresa multinacional, o por el contrario es un simple secretario? No lo se, y supongo que nunca lo llegaré a saber, porque al fin y al cabo algún día desaparecerá y no lo volveré a ver en los ferrocarriles. Su nombre, al igual que el mío, pasará al olvido en una fosa común de nombres que han existido y que nunca se han llegado a mantener vivos en la memoria de nadie. Si en algo somos iguales los hombres es en la muerte, es uno de los pocos momentos en los que todos nos hacemos iguales. Pasemos los últimos días de nuestra vida en una residencia de lujo o en la calle, es indiferente...al fin y al cabo todos moriremos y nos descompondremos, dejando que el viento se nos lleve y con nosotros, nuestro mundo, nuestros recuerdos, nuestra vida.
Después de haberme distraído pensando en el señor de traje me doy cuenta de que ya estoy lejos de la parada de “Catalunya”. Desciendo tranquilamente Las Ramblas y escucho el dulce sonido de una melodía que no me es familiar y que produce en mí un sentimiento de tranquilidad. Se trata de un músico callejero, me detengo a escuchar su música, me gusta. Soy consciente de que la música es un arte, y un compositor tiene que llevarlo en lo más profundo de su alma para poder hacer que los demás sientan lo que él siente. Una gran muchedumbre camina frenéticamente alrededor de mí cual grupo de abejas en busca de polen. Este tipo de personas suelen despreciar a los músicos que trabajan aquí por el mero hecho de ser callejeros, de no ser conocidos. Afirman no disponer del tiempo suficiente para disfrutar de una bella canción. ¿En qué tipo de gente nos estamos convirtiendo si no somos capaces de escuchar? De dejar que la música fluya en nuestro interior como una nube flota por el celeste cielo. Me llena de tristeza pensar que algún día subiré a los ferrocarriles como de costumbre, y no podré imaginar qué tipo de melodías han marcado una historia en las personas a las que miro. Que se habrá perdido la sensibilidad por lo bello, y por el goce que produce disfrutar de los momentos de calma, de paz. Imaginarme que ya no habrán canciones que nos recuerden momentos muy concretos de nuestra pequeña e insignificante existencia.
Esta idea atormenta mis sentidos, mi mente, mi alma. No quiero creer que llegará el día en el que lo único que nos diferenciará será la ropa que llevemos, en vez de nuestro carácter y nuestras vivencias personales, de las melodías que llevamos en lo más profundo de nuestro ser.
Despierto en un abrir y cerrar de ojos, los pensamientos que me mantenían absorto desaparecen y me doy cuenta de que hoy, como cada día, he vuelto a pasar mi casa de largo.


